Amacizarse

Empower”, “empoderar”(sic), es palabra de canje corriente entre estudiosos y no tanto, entre políticos y activistas, entre filósofos y guerrilleros. Pareciera ser que todos y todas han de “empoderarse” –las mujeres, los hombres, los homosexuales, los indígenas, los niños, las ideas, los corazones. En castellano, el término me suena mal; en mexicano, el genio de la lengua tendería a traducir “empower” con la “a”, “apoderar” pero tal palabra, tal mala costumbre, ya existe: apoderarse (adueñarse). Empoderarse suena a “peda” o a indigestión, pero no es chiste, es cosa seria.

En vernácula mexicana, propongo, ya nos “empoderábamos” muy bien, gracias. Se decía y se dice “amacizarse”: resistir golpes de la vida, hacerse fuerte, tomar control del destino y, ante todo, connota varios no: no amilanarse, no aplatanarse, no “apasgutarse”, no “agüitarse”. Mi lengua materna, entre chilanga y del Bajío, me dicta que la gente común se amacizaba desde siempre y “no te arrugues cuero viejo que te quiero pa’ tambor”, “ahora es cuando chile verde le has de dar sabor al caldo”. En efecto, la gente común se “amaciza” para no ser víctima; los académicos y políticos hacen, y se hacen, víctimas para “empoderarse”.

Defiendo “amacizarse” como mexicanismo indispensable y muy querido, pero la mejor anatomía de este mexicanismo no es filológica sino existencial: hay que verlo funcionando porque en él lo que cuenta no es lo que quiere decir, sino lo que hace. Los terremotos, por ejemplos, me regresan al “¡Amacízate chamaco¡ ¡Amacízate!

1.

¡Amacízate!”, me gritaba Melchor, mi compadre, cuando yo, a los nueve o diez años, me sumía en el lodo de las zahúrdas en Numarán o en La Piedad. Cuando mi pánico infantil se desataba ante un aguacero que nos obligaba a orillarnos en la carretera entre Pénjamo y La Piedad, Melchor, chofer de camión de carga, me volvía a gritar: ¡amacízate! La orden me ha sido ley de vida. El término “amacizarse” me ha sido más que útil y solvente, indispensable. Se amacizan estructuras y almas; músculos y voluntades.

To empower connota hacerse de algo que no es deseable de necesidad (power). En la Ciudad de México, después de los terremotos de 1985 y 2017, no era de power de lo que carecía mi ciudad y sus habitantes. Ansiábamos “macicez” para salir de esas una vez más. Macicez en las calles, puentes, estructuras; fe en lo macizo, estático, inamovible. Con que no crujieran más los muros y el techo, con eso bastaba. Los días después de temblores, tocaba amacizarlo todo, inclusive la débil creencia en la macicez de nuestro inmenso monstruo. Pericia para el amacizarse y para la descreencia, eso ganamos los de la generación del temblor.

2.

“Empoderarse” implica enemigo, algo o alguien contra quien ganar; “amacizarse” es más cercano a la verdad de la existencia humana porque implica que el enemigo principal es uno mismo. Los enemigos o las adversidades pueden ser terribles y abundantes, pero “amacizarse” significa reconocer que la virtud no está en quitarle poder o derrotar a nadie, sino en resistir, aprender y sobrevivir. Es más, “amacizarse” connota un estado temporal de las cosas, un hacerse fuerte para aguantar un temporal, independientemente de nuestras identidades. No se trata de un eterno “empoderamiento” por ser pobre, mujer, indígena u homosexual. No se puede ser “amacizado”, se puede estar “amacizado” porque el genio de la lengua incluye en el término la resignación: la adversidad siempre vuelve. Para vivir en, o ganar, un mundo feliz, vale “empoderarse”; para sobrevivir en el mundo tal como es y será, mejor amacizarse.

3.

Del mexicanismo “amacizarse” no se espere gloria literaria o escolástica. Sólo que no falte, que funcione.