Trump/Addenda 2020

Noviembre, 2020

Donald Trump perdió las elecciones. Gracias, meva mare de Déu de Montserrat, gracias mi santísima virgen de Guadalupe (hubo que rezar: nunca hay que dejar lo vital en manos de la suerte, como unas elecciones). El trumpismo, sin embargo, triunfó —además de que Donald, cuando esto escribo, no quiere irse—. Estos hechos impactarán el significado del futuro mexicanismo “trumpear”. En dos sentidos.

  1. Trump, quiero decir Donald, acabará por irse, pero nunca aceptará la derrota. Él y sus seguidores reproducirán el mito del “presidente legítimo” (“¿os suena?”). Por tanto, “trumpear” en mexicano será la manera de, al fin, instalar en el español algo así como el término latino ficco, ficcare (hincar, hincarse, clavar), que absorbió el genio de varias vernáculas (catalán, portugués, lengua d’oc). Por ejemplo, la independencia de Brasil fue un “eu fico” de dom Pedro I; lo cual venía a ser: “me quedo, no regreso a Portugal, inauguro el imperio del Brasil.” “Fico” es, en catalán o portugués, utilísimo, es manera de expresar inamovilidad: permanecer, quedarse, no cambiar, no ceder, mantenerse; algo así como el verbo en inglés to endure. En español sobrevivió “fincar”, pero en el camino del latín vulgar a la lengua de Castilla se perdió el omnipresente “ficar”, que reina, por ejemplo, en el portugués. Sin embargo, en mexicano, “trumpear” será sustituto de “ficar”, siempre que quedarse, no cambiar, no ceder, implique necedad. “Yo trumpeo, vete tú”, le dirá la amada al amado para echarlo del apartamento. “Trumpeo pensando en la ontología de quesadillas que no son de queso”, dirá el filósofo mexicano. Y también tendrá la connotación que hoy tienen frases como “montarse en su macho” con mentiras o autoengaños. Ejemplo: “¿Trumpea el presidente cuando repite y repite que han bajado los índices de pobreza y de violencia?”.

  2. El perenne legado trumpista, cuatro años de americanismo despreocupado de expresar su esencia (angustia de extinción de una mítica raza blanca, Dios, pistolas, nativismo), fue una logo-victoria. Ganó un lenguaje que llegó para quedarse. Victoria fue de los 280 caracteres de Twitter, de las oraciones simplonas, directas, toscas, burras, ofensivas y pegajosas, sin grises, sin matices. Pero fue más: el trumpismo marcó el ritmo, la prosodia, la sintaxis de la progresía anti-Trump. No queriendo perder la logo-batalla, la progresía estadunidense se refugió en igual simpleza, en el preexistente “lenguaje campus” lleno de frase-paquetes, buenas para lucir virtud, pero malas para pensar (social justice, cancel culture, identity, community, structural racism, melanin people, color people, latinx…). Es esta la gran y duradera victoria del trumpismo.

Así, predigo, el mexicanismo “trumpear”, “trumpedera”, tarde o temprano querrá decir —sin distinguir la izquierda de la derecha, porque el genio de la lengua es así, aglutina— “netear” (decir aparentes verdades gordas) e “intensear” (meterse en profundidades esenciales que en verdad no dicen nada). También será la manera post-post-moderna de, en un solo concepto, capturar la sabiduría del viejo dicho popular: “el que por su gusto es buey, hasta la coyunta lame”. 

Se dirá, pues, “trumpear” por hacer las del payaso copetudo que dio origen a la voz, pero también se usará en el sentido: “el profe trompeó y trompeó toda la clase con su ‘critical race theory’ para los ‘latinx’ (¿qué hay de crítico en una teoría que cree en la raza latinx?). Pura trumpedera”.